jueves, 10 de diciembre de 2015

¿Qué estás pensando?

Estoy pensando en los detalles. Que sólo son eso, detalles, pero lo controlan todo. Un matiz ligeramente diferente, y todo lo que conocemos puede cambiar de significado en milésimas de segundo. Llegar a casa siendo todavía de día no te cansa mucho, pero llegar a casa con la noche cerrada supone un cansancio extra, al menos a mí. Una conversación seria que puede ser tensa o relajada. Una hora más o una hora menos de sueño. En concreto, pensaba en lo poco conscientes que somos del poder que tienen los detalles, de la poca atención que les prestamos.

Estoy pensando en que poca gente llegará a este punto del post. Que habrá seguido mirando su página después de haberse aburrido con el tema de los detalles. Hasta luego entonces. Quien lo lea que lo haga bajo su propio riesgo. Realmente no iba a ningún lado con ese tema, aunque nunca está de más recordarnos que cuidamos cada vez menos los detalles, o a mí me lo parece.

Pienso que lo que quizá me apetezca sea tener una reflexión interesante, una conversación profunda, algo nuevo que descubrir. Pero la realidad es que divago y no se ni en qué quiero pensar. Siempre he sido de reducir mis opciones, descartar automáticamente mis propias posibilidades. O por lo menos, pienso que así era antes, y que ahora mi pensamiento sea de reducir los problemas al mínimo. Divide y vencerás.

Me dicen que me preocupo, pero no sabría decir qué me preocupa. No sé si estoy preocupado por algo en concreto.

Pienso en los cambios, en general. En que existen y suceden. En que hay quien los ve y quien no los ve. En que sigo creyendo en los golpes de suerte. Creo menos en que el tiempo pone a cada uno en su sitio. Pienso en todas las frases hechas que se utilizan para dar ánimos a la gente de forma rápida, y en que las utilizamos según conveniencia. Pienso que muchas veces no necesitamos apoyo, sino una frase que nos diga un mensaje que nos quite pena y culpa, bien recayendo sobre otros o sobre algo tan aleatorio como la suerte. Pienso que hacemos poca autocrítica.

Estaba pensando en todo esto a medida que lo iba escribiendo. Si has llegado hasta el final, te felicito por tener una fuerza de voluntad firme que te lo haya permitido. Pero, como casi todo lo que suelo escribir, lo hago para desahogarme y no para llamar la atención. Y, casi siempre que escribo, nunca suelto todo lo que necesito soltar y me quedo a medias.

¿Y tú, qué estás pensando?

Foto de mis pies en la playa, porque da un toque profundo.

sábado, 7 de noviembre de 2015

La misma historia

Érase una vez
una historia que olvidar.
Nada del otro mundo:
relatos de soledades desterradas.

Un cuento de argumento prohibido,
lleno de errores, de fallos de guión,
donde los protagonistas
tropiezan en las mismas piedras.

Una fantasía sin florecer,
pasos que, sin tener un destino,
llevaban las riendas del fracaso,
la travesía de los traspiés.

Relatos de adioses,
de amarguras y desdichas
siguiendo siempre la estela
de alguna caprichosa musa.

Pero no quiero contarte esa historia.

Mi protagonista merece
un apoteósico final.
Un gran renacer.
Poder aprovechar sus oportunidades.

Y alejarse de las musas
que no merecen que nadie
amargue sus tragos
detrás de sus bragas.

Pues aprender de los errores
no sirve de nada
si no puedes poner en práctica
todo lo aprendido.

Perder el tiempo.

Siempre habrá una musa
que vuelva dementes
a los protagonistas
a propósito.

Entonces, vuelven a estar condenados.

Se reinicia el proceso.
Más letras,
más sentimientos,
más despedidas.

Y otra vez a escribir
poemas vacíos con letras sucias,
con la tinta de la cera derretida
cayendo caliente sobre mi piel.

Gritos al cielo,
brazos en alto
que esperan recibir aire
y es el frío quien los castiga.

Para de contar
siempre lo mismo.
Deja que sean otros
quienes lo averigüen.

Lee entre líneas,
para que lo lea todo el mundo.
¿Todo?
No, mejor que no.

Cada día menos gente
busca por palabras en poemas.
¿Han muerto las opiniones sinceras?
No lo creo.

Fin de la historia.
Historias de fracasos.
Fracasos que no son fracasos,
sino una broma sin gracia.

Me despierto.
Otra vez cayendo al vacío
sin salir de mi propia cabeza.
¿Otra vez lo mismo?


jueves, 17 de septiembre de 2015

La rosa roja

Dos ojos oscuros.
Lo último que ven es el azul del cielo,
del que cae, hacia ellos,
aquella rosa roja.

Ella le sonreía,
prometiendo que no le iba a doler,
que él ya consiguió lo que ella anhelaba,
y que se quedaría con él.

Un beso en los labios le despertó.
Soñó caer por un barranco
con aquella maldita rosa en la mano,
y que esa flor le hablaba.

Unos labios de mujer,
tan rojos como aquella flor,
esbozaron una sonrisa
en un rostro aún más bello.

Las gotas de sangre corrían
por sus manos entrelazadas.
Él notaba espinas clavarse.
Ella sonreía mientras las apretaba.

No se podía resistir a aquello
que le estaba tan astutamente matando.
a esas curvas tan impactantes
como los latidos de su propio corazón.

Por ella, él iría al infierno
sabiendo que ella así lo querría.
Jugándose la vida por un beso más,
jugándose la vida con su propia locura.

Su última visión fue, inmóvil,
a ella de frente, sonriéndose.
Destacaba entre la multitud.
Era su último adiós.

El calor empezó a arroparle,
pero pasó a asfixiarle.
ardía entre gritos inútiles,
le lloraba a ella en vano.

Su corazón fue el primero en arder
de tan dolido y traicionado,
el resto del cuerpo le acompañaba
en aquel poste de madera.

En su muerte se halló su libertad,
aquel amor no le tendría martirizado,
su corazón no estaría minado nunca más,
pues ya no existía.
 


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El vídeo y la canción que inspiraron este poema:


La imagen que acompaña al poema forma parte del vídeo referenciado.

lunes, 24 de agosto de 2015

Cenizas

Rabia,
tú ganas.
Déjame vivir
según tu corriente.

Aprendiendo a ver
en el reflejo del espejo
cómo se consume mi alma
en el dolor y en tus brazos.

Que nadie se escape.
Esta puerta conduce
al vacío, a la nada.
Mi destino ya está escrito.

Rabia,
hace tiempo me soltaste
en los brazos suaves
de la impotencia.

No habléis de ángeles
en presencia de los muertos,
pues el tiempo abarca a ambos
y los ángeles no matan.

Cierra la puerta,
el camino sigue vacío.
Cada vez más,
como unos pasos sin eco.

Puedes hablar con todos,
pero nadie te escuchará.
Notarás tu sangre helarse
corriendo despacio por tus venas.

Y fuera de la fachada,
miles de ilusiones,
vidas dibujadas con trazos
de colores que tú no tienes.

Donde la percepción
de la realidad
se pone cuesta arriba
en la senda de la monotonía.

No intentes escuchar
el sonido de los disparos,
pues no hay Dios en el cielo
y los ángeles no matan.

Vida. Es lo que transcurre.
Solo desde el comienzo,
y solo es como la terminas.
Nadie te acompaña.

Rabia, ¿dónde estás?
Transmites el dolor necesario
que me hace sentir vivo,
como el ardor del fuego.

La rabia. El fuego
El amor. El dolor.
El odio. La miseria.
La decepción. La soledad.

Tú decides de qué lado estás,
y qué es lo que quieres ver.

El lado real,
o el lado humano.
Cómo es la realidad
o cómo nos la creemos.

Escrita con las cenizas
del fuego que te da la vida,
que te da la muerte.
El que te da tu destino.


martes, 24 de marzo de 2015

Error

Y de pronto, ¡zas!
Ha llegado ese momento
que te hace bajar de tu nube,
explotando la burbuja.

Todo sigue igual.

¿Qué ha cambiado?
Las ilusiones han durado horas.
se han esfumado más rápido.
Eso es ¿mejor?

Puedes arriesgarlo todo
a un plan que nunca falle,
pero siempre hay algo.
Siempre se derrumba.

Como castillos de naipes
colocados con cuidado
que se lleva el viento
cuando estaba casi acabado.

Nada ha cambiado,
pero nada es igual.

Nuevos retos,
nuevos miedos
más ambiciones.
Y más errores.

Y un montón de letras más,
leídas como una ráfaga
de viento helado,
que surge repentinamente.

Como una mano fría
en tu espalda caliente.

Como un beso robado
de quien no te corresponde.

Como masturbarse
con chinchetas en la mano.

Es así como reaccionamos,
cuando algo se va y nos duele.

Solo que ahora estamos a tiempo
de no perder.

A tiempo de buscar la fuerza
en aquellos que tenemos abandonados.

¿Volver a fracasar?
Es necesario.
Fracasos nuevos,
mejores errores.

Juégatela,
a estrategias fallidas.
A planes abocados
al desastre.

Todo sigue igual.

Pero te das cuenta
de que el desastre
forma parte de tu vida.
Y, a veces, tiene que salir.

Equivócate otra vez.